Quizá esperabas que un libro de astrología te dijera lo que va a pasar. En cambio, te ha pedido en cada página que decidas. Puede parecer una decepción; espero que a estas alturas la sientas como una liberación. Porque el verdadero astrólogo, el bueno, nunca fue un adivino. Fue un traductor. Alguien que sabe leer el idioma del cielo —los dos idiomas, si tuvo la fortuna de aprenderlos— y traducirlo al idioma de una vida humana, para que quien consulta pueda decidir con más luz. No para quitarle la decisión: para dársela más entera. Ahora ese traductor puedes ser tú, al menos para ti mismo. Tienes los dos mapas. Sabes que las estaciones hablan un idioma y las estrellas otro. Sabes que los planetas no te empujan, que solo marcan la hora de un orden mayor. Y sabes lo más importante: que en el centro de todo mapa, de todo momento, de toda carta, estás tú, libre, decidiendo. El mismo cielo que miraron los pastores de Babilonia y los sabios de la India sigue girando esta noche sobre tu casa. Sal a mirarlo alguna vez. Ya no te parecerá un destino escrito sobre tu cabeza. Te parecerá lo que siempre fue: un compañero antiguo y silencioso, mostrándote la hora, mientras tú —solo tú— decides qué hacer con ella.